Fastos y nefastos “Alea iacta est” Por José Luis Farías

La gesta civil de enero de 2019 es tan hija del 23 de enero de 1958 de cuyo peso histórico se inspiró 61 años después, como del pretérito más reciente sobre cuyas bases políticas pudo avanzar y del futuro que quiere construir y de donde ha tomado su principal aliento. La historia tiene un curso de avances y retrocesos edificados en el tiempo y no de la noche a la mañana como ciertos análisis interesados pretenden presentarla. Lo que hoy sucede es resultado de acontecimientos previos y producto de un inmenso deseo.

El fin de las jornadas masivas de lucha en 2017, que estallaron en abril y se extendieron hasta finales de julio contra el intento de destruir la Asamblea Nacional por parte del Pranato con las Resoluciones 155 y 156 del TSJ, produjeron una turbación anímica profunda en la sociedad venezolana dejando maltrecha y muy dividida a la oposición democrática. La sensación de derrota al no alcanzar el resultado deseado de salir de Maduro derivó en acusaciones de traición y de vendidos contra quienes habían encabezado el conflicto desde la Asamblea Nacional. Entramos en un limbo dominado por el desconcierto mayoritario y la abulia general, hasta caer en un “sálvese quien pueda” que impidió ver los efectos destructivos que esa dura pelea había provocado al interior del régimen y en su imagen internacional, dos efectos hoy decisivos en la lucha final que libramos.

A partir de esos días, y pese a la percepción general de que entonces nada se hizo y cuanto se realizó fue inútil, es obvio que todo lo que hoy sucede y está por suceder se fue fraguando, con altos y bajos, durante ese tiempo y los días sucesivos. Fue el fruto de un enorme esfuerzo de muchos, bien deponiendo actitudes para facilitar la coordinación, bien apartando las alergias recíprocas para encontrarse progresivamente en lo básico: una ruta o estrategia política (cese, transición y elecciones limpias) y en la acción unitaria de un plan. Por supuesto, las protestas de 2017 no lograron echar a Maduro pero desenmascararon la naturaleza dictatorial de su régimen a grados insospechados, al punto de que al concluir el año muy pocos países democráticos albergaban dudas al respecto, contribuyendo enormemente a aumentar la crítica y el cerco internacional. De los errores cometIdos entonces, no sin muchos tragos amargos, se pasó a su revisión y enmienda.

Al supuesto afianzamiento represivo de Maduro en el poder sembrando terror en la población con más de 150 muertes, centenares de heridos y miles de presos se sumó la acentuación de la crisis económica con la llegada de la hiperinflación haciendo invivible el país para crear la falsa impresión de que el Pranato era inderrotable y por lo tanto que todo estaba perdido. La desesperanza cobró cuerpo en gran medida y devino en diáspora de millones de venezolanos en busca de mejores condiciones de vida mientras las acusaciones y disputas entre opositores radicales y moderados alcanzaron límites vergonzosos de intolerancia.

El Pranato de Nicolás Maduro aprovechó las diferencias para acentuar la fractura con una intensa campaña de intrigas y de persecución política que llevó a la cárcel a unos y al exilio a otros, debilitando el liderazgo democrático y promoviendo la desmovilización y el abatimiento hasta producir un cuadro de incertidumbre. No se detuvo y continuó con su aparato de terror en la población, jugando hasta la saciedad con las necesidades vitales de los ciudadanos y terminando de destruir la industria petrolera, su único soporte económico, y pasó a la ofensiva con la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente llamando a las fraudulentas elecciones presidenciales para el 20 de mayo de 2018, el peor de sus errores al ser desconocidas por las fuerzas democráticas y la comunidad internacional.

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Como hemos dicho, no todo fue tétrico y negativo en la lucha contra el régimen en 2017 y 2018. A la hora del balance no se puede despachar lo sucedido como un tiempo sin acción y sin resultados. Ciertamente en 2018 no presenciamos la espectacularidad de las protestas del año anterior ni la dirigencia política exhibió arrojo y audacia suficiente en sus ejecutorias y las diferencias se encargaron de borrar los aciertos. Aunque no todo fue en vano ni un tiempo perdido como generalmente se le identifica. El análisis hay que hacerlo a partir del fondo de los resultados y no sólo a partir de la forma en que se alcanzaron. Porque al final, en medio de fines y diretes la demanda de Unidad fue satisfecha respetando el acuerdo que llevaría a Juan Guaidó a la presidencia de la Asamblea Nacional el 5 de enero para permitirle cumplir el extraordinario papel que ha desempeñado, una vez fueran derrotados todos los intentos por desconocerlo estimulados por factores políticos que andaban a la trastienda del régimen. Los mismos que se negaban a declarar usurpador a Maduro y alentaron hasta el último momento un diálogo que solo habría servido para dar una bocanada de oxígeno a los desfallecientes pulmones del régimen, tras la denuncia del fracaso de las tratativas en República Dominicana alentadas por Rodríguez Zapatero, a los cuales no les quedó otro recurso que plegarse a la Unidad al igual que a todos aquellos que desde el radicalismo disparaban contra ella.

La migración de más de tres millones de connacionales que le daba cierto respiro al régimen al punto de no hacer nada por detenerla y si mucho por estimularla, se le transformó en un colosal problema. Esa Venezuela que ahora vive en Colombia, Brasil, Perú, Ecuador, Argentina, España, Estados Unidos y tantos otros países se convirtió progresivamente en una inmensa carga para los mismos. Un drama que sumado a la numerosa presencia de dirigentes opositores como Julio Borges, Carlos Vecchio, Antonio Ledezma y muchos más fuera del país trasladó en gran medida la lucha política de los venezolanos al marco internacional apoyados por la secretaría general de la OEA, al punto de hacer reaccionar a esas naciones para dar lugar a distintas iniciativas de presión internacional, siendo la más relevante la conformación del Grupo de Lima, que terminarían por aislar al régimen.

Por su parte, los trabajadores y los vecinos tomaron las calles en 2018 y le dieron un contenido reivindicativo a sus protestas poniendo en evidencia la gravedad de la crisis y contribuyendo a la organización social y política en coordinación con las fuerzas sindicales, gremiales y partidistas. Docentes, universitarios, médicos, enfermeras, empleados públicos en general cobraron protagonismo en la lucha. Y aunque las acciones no se distinguieron por la participación masiva no hubo sector de la administración pública ni rincón del país donde no estalló alguna protesta de los trabajadores reclamando mejoras ni de vecinos exigiendo su derecho a servicios públicos dignos.

En tanto, los esfuerzos desde la Asamblea Nacional en 2018 se concentraron en el desconocimiento al fraude electoral, sus gestiones en apoyo a los migrantes con el reclamo de la ayuda humanitaria y de su reconocimiento como refugiados de la más espantosa crisis de la historia contemporánea de Venezuela, la autorización para investigar y enjuiciar a Nicolás Maduro hasta elevar el caso a la Corte Penal Internacional, además del estimulo a las contradicciones internas de la tiranía. La clase política opositora en medio de tantas diferencias y venciendo las tentaciones se puso de acuerdo en no participar del fraude del 20 de mayo y asumir su denuncia nacional e internacional. Un paso clave en la lucha pese a las razones que puedan argumentarse para explicar tal decisión.

Sin duda, las acciones de 2018 no tuvieron la suficiente contundencia para levantar el estado de ánimo de lucha interna en la población y rescatar la movilización masiva ni tampoco era posible lograrlo después de lo sucedido en 2017 y con la hiperinflación destruyendo al país. Buena parte de la población prefirió migrar ante el asedio calamitoso del hambre, la falta de medicinas, la destrucción de los servicios públicos, la represión y la falta oportunidades, pero en conjunto todos esos hechos echaron las bases para el desconocimiento total del tirano una vez pretendió validar su fraude autoproclamándose el 10 de enero de 2019.

Las voces agoreras que insistían en no crear expectativas en torno al 10 de enero como fecha de la consumación de la usurpación y momento crucial para el comienzo del quiebre definitivo del régimen fueron silenciadas ante el impulso de la denuncia y el llamado a prepararnos para la lucha. El 11 de enero Juan Guaidó se recogió las mangas y desde de un modesto pero significativo Cabildo abierto frente a la sede de la ONU en Los Palos Grandes, Caracas, aseguró que si el pueblo y las FAN lo acompañaban él asumiría juramentarse como Presidente encargado de la república el próximo 23 de enero cuando fue acompañado y cumplió su palabra empeñada desatando una ola de reconocimiento internacional como el gobernante legal y legítimo de la nación. Sobre el cuento de cómo se produjo esa decisión de Guaidó circulan versiones de todo orden, ya se sabrá la verdad, por lo pronto lo verdaderamente relevante es que la tomó cuando se evidenció en la calle un aplastante apoyo popular y a partir de entonces se liberó una inmensa energía de masas que no se le verá fin hasta no lograr la victoria echando del poder al Pranato que hoy reverbera sobre la patria.

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El sábado 2 de febrero sobre la 1 de la tarde Juan Guaidó, luego de hacer un balance de la gesta civil de enero e informar las próximas acciones a seguir respecto a la ayuda humanitaria, enfatizó que “pronto, muy muy pronto” estaremos en libertad. La gente atenta recibió su mensaje y se dio por satisfecha, la manifestación había superado la dimensión de la lograda el 23 enero y había en el ánimo de los ciudadanos una sensación muy distinta a aquella.

El 23 de enero la población había asistido con expectativa sin saber de lo qué iba a recibir, salió a apostar por la democracia con las dudas dominando el espíritu ciudadano, el 2 de febrero la participación tuvo otro contenido, los venezolanos marcharon alegres, convencidos de la proximidad del desenlace y así lo confirmó con el mensaje de Guaidó.

En el amalgamiento de la calle un amigo dijo: “hay que venir a apoyar aunque sabemos que el futuro se está decidiendo en otro lado”. ¿A qué se refería con esa afirmación? No es indispensable ser adivino porque él al igual que la gran mayoría de los presentes intuía que en algún lado se le estaba cerrando el círculo a Maduro y su pandilla. Al punto de que ese día, de acuerdo con todos los reportes de derechos humanos, no sólo no se registraron enfrentamientos ni detenciones sino que por el contrario los cuerpos de seguridad en algunos casos como en Barquisimeto y Valera e incluso en muchos sectores de Caracas expresaron abiertamente su simpatía con la causa ciudadana.

El cese a la usurpación es la primera tarea por concluir y la entrada de la ayuda humanitaria no debería tener mayores obstáculos pese a los continuos ladridos de Maduro de que no la permitirá. Cuando el presidente encargado Juan Guaidó anuncie el momento de entrada no habrá fuerza en el Pranato para detener su ingreso. Cualquier intento por impedir la ayuda humanitaria será un costoso error que pagarán a un precio muy elevado Maduro y el Alto Mando de la FAN. Ante la llegada de la ayuda humanitaria, cualquiera sea su actitud ella entrañará una derrota, la única diferencia será en que una puede ser más trágica que la otra.

El plazo de ocho días dado por la Comunidad Europea al régimen de Maduro para que acepte un llamado a elecciones libres se cumplió este domingo 3 de febrero y el tirano la única elección que promovió fue la de la Asamblea Nacional andando de trotacuarteles en penosa cursilería para persuadir a los militares de que lo mantengan en el poder a troche y moche, repitiendo el modo absurdo de elevar su costo de salida del mismo. Transcurrido el lapso dado durante las primeras ocho horas del día al menos 17 países de la Unión Europea se han pronunciado reconociendo al gobierno legítimo de Juan Guaidó., incluida Holanda y el Reino Unido lo que tendrá repercusión en la OEA con las naciones del Caribe que están bajo la órbita de ambas potencias.

Como guinda de las horas finales de Maduro en el poder está su vergonzosa actitud durante la entrevista concedida este domingo al periodista Jordi Évole, de canal español Antena 3. Espacio en el que dejó el patético testimonio de un tirano en sus estertores, de un sujeto fuera de sí, transpirando odio y torpeza, incapaz de acertar en sus respuestas. Sin el menor signo de propósito de enmienda. Negando cualquier culpa suya en la ignominia de la desnutrición y del hambre que sesga la vida de millares de venezolanos, en el vértigo de los índices de mortalidad infantil y de homicidios, en la escalada hiperinflacionaria, en la destrucción del aparato productivo del país. Mintiendo con singular descaro sobre la barbarie represiva desatada contra periodistas y políticos. Amenazando con desatar violencia de presuntamente ser atacado.

¿Cuánto tiempo transcurrirá para que se haga efectivo el cierre definitivo del círculo que produzca la salida de Maduro y su Pranato? Eso está por verse, aunque según las palabras de Guaidó será “pronto, muy muy pronto” y no hay razones para no creerle pues todo indica que ha tomado el toro por los cachos. La aspiración de perpetuarse en el poder luce imposible de conseguir, el señor Padrino López sabe que si no se atreve a actuar sobra entre sus compañeros quienes están dispuestos a decirle a Maduro: “pescuezo no retoña”. A todas estas y en todas partes se repite la frase de Julio Cesar al pasar el rubicón: “la suerte está echada”.

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